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Gyantse, Kumbum, Tibet author:Víctor Domènech
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Breve tratado de la vida interior
28 Sep
2011

Decir sí a la vida, aprender a aceptar lo inevitable y encaminarnos desde una actitud alegre, positiva y comprometida hacia lo que puede llegar a ser, con auténtica fe-confianza en lo que está por llegar, nos hará felices. Incluso descubriremos que aspectos que no nos gustan de nosotros mismos y de nuestro entorno, se pueden convertir en auténticas fuentes de inspiración.
Esta es la primera intuición que nos presenta el autor y que luego desgrana a lo largo de unas páginas nacidas de la reflexión personal elaborada a partir de las corrientes filosóficas de Oriente y Occidente. Un breve tratado de la vida interior que nos invita a aceptar y sobre todo hacernos responsables de nuestra vida con valentía, sin excusas y sin tregua. No vale pensar que todos los males provienen del exterior y que también desde fuera tienen que venir todas las soluciones: la sabiduría empieza con la aceptación de lo inevitable y continúa con la transformación justa de lo que puede llegar a ser.


Breve tratado de la vida interior

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  • Autor: Frédéric Lenoir
  • Páginas: 204
  • ISBN: 978-84-9988-021-1
  • 1a edición Septiembre 2011
  • Editorial: Kairós
  • www.editorialkairos.com

Decía Sartre 'Nos reivindicamos libres y sin ya somos libertad' (El Existencialismo es un humanismo). Debemos asumir que esta libertad nos abre a todas las posibilidades y entender que la responsabilidad total de nuestra existencia recae sobre nuestros hombros con la parte de angustia que ello conlleva.

El miedo, claro, puede hacer que abandonemos nuestra libertad pero si somos valientes y buscamos una respuesta interior a cada obstáculo exterior aprenderemos a 'soltar' y cada obstáculo aceptado libremente parecerá más pequeño y más susceptible de ser superado con una iniciativa personal apropiada: seremos responsables de nuestra felicidad presente y futura.

Y más aún, nuestra responsabilidad individual nos llevará hasta la conciencia de la responsabilidad colectiva, nos abrirá a tener en cuenta los demás y sobrepasaremos nuestra pequeña esfera personal hacia la humanidad entera, el planeta, los animales, y un largo etcétera.

El compromiso con la vida implica por definición la 'necesidad de hacer' que es intrínseca a la misma condición humana: desde niños jugamos, inventamos, transformamos. Actuar sobre la realidad es indispensable para nuestro bienestar y para el crecimiento de nuestro ser. Hacer, trabajar en el sentido más amplio del término: todo lo que nos permite dar respuesta a la necesidad esencial para nuestro equilibrio y en última instancia, 'crear'. Cuando creamos una obra artística o algo que para nosotros tenga el sentido de lo artístico ponemos en ello el corazón y el alma. A menudo no nos atrevemos a ir más allá en nuestras capacidades pero si encontramos la fuerza para hacerlo nos convertiremos en aquel artesano que construye mesas y sillas pero que en el fondo del taller da forma al mueble que realmente ama y que nos mostrará con una emoción particular. Cada uno de nosotros puede dedicarse a crear belleza en cada pequeña cosa que haga en la vida.

Ahora bien, es importante mantenerse en el justo equilibrio y no caer en la hiperactividad. Lenoir alerta de esta necesidad profunda porque en nuestro mundo, donde todo pasa tan deprisa, es especialmente difícil no caer en la desmesura de querer dar respuesta a demasiadas demandas, a demasiados estímulos a demasiado trabajo. Es esencial aprender que el tiempo de descanso no es un tiempo perdido sino un tiempo ganado, que hay que encontrar la pausa en la exigencia y adoptar cierta distancia para tener equilibrio en la vida.

'Ligeras y dulces ideas rozan, por decirlo así, la superficie, sin agitar el fondo del alma. No hace falta más para acordarse de uno mismo y olvidarse de todos los males'
 

Jean-Jacques Rousseau Las ensoñaciones del paseante solitario



Para tomar distancia se necesita soledad y silencio interior. Como el cuerpo, también la mente debe descansar del ruido del mundo pero sobre todo del ruido interior para poder sencillamente 'contemplar': esta es la perfecta felicidad del hombre según Aristóteles.

En casi todas las culturas encontramos un método que quizás con nombres diferentes enseña el camino de la mente en calma: la meditación.

Cuentan los maestros Zen que el meditador es como la montaña y los pensamientos como las nubes que tapan la montaña. Las nubes pasan empujadas por el viento y dejan ver la montaña de la misma manera que la respiración consciente echará los pensamientos ... pero más tarde regresan y la tapan. Con el tiempo, cada vez habrá menos nubes y serán más delgadas hasta que acabarán desapareciendo y el ser podrá emerger como lo hace la montaña en el cielo claro.

Meditar de manera constante alejará el miedo, la tensión, la agitación, la impaciencia y nos permitirá tomar distancia respecto de las emociones, conocerlas, verlas venir y emprender el camino de la calma para llevar a cabo todas las tareas de nuestra vida con más agudeza, precisión y detalle y, sobre todo, nos ayudará a mejorar nuestra capacidad de discernimiento razonado ya que aprender a discernir, nos dice el autor, es una de las cosas más importantes que podemos hacer en la vida.

Desaprender, cuestionar todo lo que hemos aprendido en nuestra cultura, familia, historia para saber si los valores fundamentales que subyacen los podemos asumir de manera íntima o debemos en cambio dejarlos ir para poder forjarnos una convicción personal con conciencia y deberemos hacerlo con la mayor humildad. Tendremos que ser muy valientes si debemos elegir el camino que sale de la caverna como lo hizo el prisionero del mito que narró Platón.

El trabajo de discernimiento y de búsqueda de la verdad exige un buen conocimiento del mundo pero también un auténtico conocimiento de uno mismo. Para los filósofos antiguos el trabajo en uno mismo era también un laboratorio de la humanidad. El 'conócete a ti mismo' de Sócrates, la intuición del Buda de que cuando la verdadera naturaleza de las cosas resulta clara para el meditador, todas las dudas desaparecen porque llega a conocer cuál es la naturaleza y cuál es la causa, una única naturaleza más allá de las identidades individuales que nos vincula a toda la humanidad, van mucho más allá del concepto contemporáneo de reducir el conocimiento de uno mismo a temas de desarrollo personal.

Para Sócrates, 'Quien llega hasta el extremo de su corazón conoce su naturaleza humana. Conocer la naturaleza humana es conocer el cielo.'

Existen herramientas filosóficas, psicológicas, religiosas que nos ayudan en el camino introspectivo para dejar los perjuicios y el ego que impiden la comprensión de lo que somos realmente, este camino lo podemos hacer solos o bien con la ayuda de un guía pero hay que poner en práctica un gran discernimiento para saber seguir un auténtico maestro.

Inteligencia, razón, voluntad y virtud para encontrar el equilibrio que nos permita realizar actos justos lejos de los extremos del exceso o el ascetismo, ambos perjudiciales, que nos permita encontrar el 'camino intermedio', el único según el Buda que nos liberará del ciclo del samsara y nos permitirá experimentar el despertar. A los ojos de Buda, la verdadera libertad es aquella que el ser humano debe adquirir combatiendo sus pasiones, sus deseos y envidias que son las cadenas que lo atan al samsara.

Buda, Sócrates y Jesús se ponen de acuerdo en decir que el hombre no nace libre pero se libera al salir de la ignorancia, al aprender a discernir entre lo verdadero y lo falso, el bien y el mal, justo e injusto, cuando aprende a conocerse, a dominarse, a actuar con sabiduría y compasión, a compartir.

Y para que el hombre sea auténticamente feliz debe intervenir aún un elemento fundamental: el amor. Libertad y amor, nos dice el autor, son las grandes condiciones de la realización de uno mismo y del desarrollo de todos nosotros. El respeto por uno mismo que es el preludio del respeto por los demás: 'no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti' y también 'haz a los demás lo que te gustaría que te hicieran a ti'. Sonríe si te gusta que te sonrían, cultiva el amor y la amistad que es el sentimiento que nace entre almas gemelas, perdona y evita cualquier tipo de violencia: ahimsa, el principio de no violencia que orientó Gandhi hasta conseguir la independencia de India y fue la base de la fuerza de la verdad y el amor puro.

Una de las claves esenciales para una 'buena vida' está en no aferrarse a los objetos. Todos queremos tener un techo y alimentos cada día pero más allá de eso los factores que nos harán felices están muy lejos del valor de los objetos que tenemos: el amor, la libertad, la salud, el control de uno mismo. Hay que aprender a aceptar la vida tal y como se presenta, disfrutar de las comodidades materiales pero no dejar que nuestro ánimo dependa de ellas.
Cada vez crece más en nuestra sociedad el culto desmedido al éxito y a la obtención de resultados frente al cual se impone un cambio de perspectiva basado en la humildad, un cambio que nos enseñe a admitir que el fracaso puede ser incluso algo positivo. Dejemos de oponer resistencia al cambio, dejemos fluir el movimiento de la vida, dejemos que los fracasos, las pérdidas e incluso las enfermedades sean una oportunidad de despertar y vivamos con toda su fuerza el momento presente creador: como dijo Marco Aurelio 'no dejes que te perturbe la representación global de tu vida' o en palabras de todos los maestros budistas: 'céntrate en la plenitud del instante'.

Y así como al principio de este texto decíamos 'sí a la vida', que éste sí englobe también nuestra dimensión finita y podamos aceptar serenamente la muerte como un momento más de la vida. Tomémonos la vida con buen humor, amemos y disfrutemos de la belleza a nuestro alrededor y en todo lo que hagamos. A través del autoconocimiento y de un trabajo de transformación profunda podemos alcanzar la verdadera serenidad.

'En la esencia misma de la vida y del ser existe una alegría profunda. La alegría está ahí y nos hace falta aprender a verla, a aceptarla y a dejar que se manifieste!'


Ética Spinoza


In { Libros, } comments{ 0 } author: Mariona Costa
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