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Gyantse, Kumbum, Tibet author:Víctor Domènech
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El vínculo con el gurú es eterno
04 Apr
2014

Comenzamos una serie con textos basados en una larga conversación entre Víctor Domènech y Andrei Ram, en una de sus visitas a Barcelona.



Sri Dharma Mitra y Sri Andrei Ram

Ese día de 2004, Andrei Garzón recibió como una sorpresa su iniciación a través de la voz suave del gurú Sri Dharma Mittra, en un rincón de la sala del templo de Nueva York, llena de gente. Estaba en plena preparaciónn para hacer los votos del renunciante (sanyasin) con la tutoría de Anatole Nguyen, quien para ese entonces era el discípulo principal de Dharma.
En aquella esquina, el maestro le dio a Andrei un mantra con sus malas de 108 cuentas, le asignó una nueva responsabilidad en el camino y le rebautizó con el nombre que las cualidades del propio discípulo le había revelado, las que guiarían al recién iniciado en la evolución de su dharma (el deber universal, el vivir de acuerdo con la ley divina): Ram, Sri Ram Om.
Rama es la encarnación del dharma, el dharma hecho hombre, el hombre que enseña con su propia vida. El que, en vez de santo que renuncia al mundo, tiene la misión de estar en la sociedad mostrando cómo integrar la acción correcta hacia la realización y la comunión con la fuente suprema –el Yoga--. Por eso, y para confirmar la integración del deber universal en su vehículo karmático –el cuerpo en el que encarnó--, Ram Om decidió juntar su nombre de pila con el que el gurú le había dado. Entonces se llama Andrei Ram Om.
Dos años después, Sri Dharma Mittra le dio otra sorpresa. Andrei Ram se había planteado seguir la vida monástica del renunciante durante la docena de años que marca la tradición, pero el gurú lo llamó otro día cualquiera y le pidió que interrumpiera esa ruta y saliera al mundo. No hay tiempo que perder, le dijo: lo poco que uno sabe ha de ser compartido, la real práctica está allí afuera, y la verdadera renuncia sucede desde el nivel mental más que desde la mera supresión de ciertos comportamientos. Ni las vestiduras del sanyasin, ni la abstinencia física garantizan que el Ser realmente se mantenga en la comunión con Dios sin interrupciones, ni que se libere de las distracciones del ego en su totalidad, le explicó el maestro.
Entonces el discípulo dejó los votos y salió, conoció a la que hoy es su esposa y comenzó a integrar en la vida cotidiana lo que había aprendido en la práctica ascética.
La experiencia le ha confirmado con fuerza que su destino es el que el gurú vio en él a través de su nombre, que su camino en el Yoga es estar allí afuera para “crear en la dimensión física la manifestación de la divinidad”, como dice el propio Andrei Ram.

Sri Andrei Ram y Víctor Domenech

Sri Andrei Ram y Víctor Domènech


Víctor Domenech: Hasta ahora habías estado en el Dharma Yoga Center y lo has dejado para seguir tu camino. ¿Es porque ya te desprendes del gurú?
Andrei Ram: Para comenzar empecemos por cambiar la palabra gurú por la de maestro. La del gurú es una dimensión inaccesible para la mentalidad occidental. La mayoría de las personas lo que realmente necesitan es encontrar un maestro, alguien sensato que les ayude a progresar en su propia autorrealización suprema del Ser, la que el propio estudiante va logrando con prácticas espirituales, yóguicas o de otra índole. El gurú, en cambio, está destinado a aquellos quienes, por karma, tienen como camino dedicarse al servicio al Supremo y la humanidad, a través del linaje al que entran con la iniciación. El gurú es el preservador del linaje. Hoy en día muchos buscan a un gurú, cuando lo que deberían encontrar son referentes sensatos con vidas equilibradas y realizadas. Podríamos hacer esta analogía: para ser un buen cristiano no se necesita tener como guía única a un buen sacerdote; puede serlo cualquier persona que haya asimilado en su propia vida las enseñanzas de Jesús. En cambio, si tu camino es ser sacerdote, entonces sí que necesitas encontrar a otro sacerdote para que te lleve por ese sendero, y ojalá ese sacerdote fuera realmente un ejemplo de vida acorde con lo que Jesús enseñó. La mera autoridad religiosa no garantiza nunca la realización espiritual plena. Lo que la avala es su vida ejemplar misma como expresión de la Fuente Suprema y de las enseñanzas, y eso se aplica en esta comparación al sacerdote y al gurú. Es aquí donde se ha generado la gran confusión que ha generado cultos, enajenaciones y escándalos en el mundo “espiritual” de hoy, que está más relacionado con el comercio de productos espirituales y la consolidación del “ego espiritual”, que con la autorrealización de la naturaleza divina.
Aclarado esto te respondo que uno nunca se desprende definitivamente del maestro/gurú. También es bueno aclarar para la perspectiva occidental que no es el maestro el que lo escoge a uno, sino que es uno quien reconoce primero al maestro. Y el maestro reconoce en uno las cualidades que indican que uno está suficientemente comprometido como para darle la entrada en el linaje desde la iniciación. El estudiante debería continuar su dedicación a la práctica y su obediencia a los principios divinos, ser una muestra viva de ello, y de lo que el gurú o el preceptor espiritual están instruyendo con su propio ejemplo. En algún momento, el maestro reconocerá las cualidades alcanzadas por el discípulo, y por su propia voluntad le ofrecerá entonces la iniciación. Porque está preparado, le confiere la entrada al linaje. Eso es algo que hoy en día se ve muy poco. Por tradición, uno jamás debe pedir la iniciación al gurú. Pero hoy en día hay incluso ceremonias por las que pagas un dinero y te la dan.
Lo segundo, y aquí sí hablamos de la dimensión del gurú, es que el real vínculo entre gurú y discípulo es eterno. El gurú, en el momento en que te da iniciación, se está comprometiendo a que va a estar a tu lado asistiéndote hasta que encuentres la liberación absoluta. Si el discípulo no llega a la autorrealización suprema del Ser, ese vínculo no puede concluirse. Entonces si el discípulo tiene que reencarnar aún más veces, el gurú también tendrá que reencarnar o, por lo menos, mantener el lazo desde la dimensión astral, hasta que el discípulo alcance su propia liberación. Así que el vínculo gurú-discípulo es realmente eterno. No se rompe nunca hasta que los dos se unifiquen en la Conciencia Suprema. Por eso no se le da la iniciación a cualquiera.
Recibí de Dharma un tipo de iniciación que también me dio la responsabilidad de guiar e iniciar a otros dentro del linaje. El predecesor me dio la misión de iniciar a por lo menos a una persona durante su vida presente. Eso pasa cuando uno se reencuentra con seres con quienes ha transcurrido este camino desde muy atrás, seres quienes, a su vez, trabajan en desarrollar su manera de extender la enseñanza a quienes vienen detrás. Así es la cadena gurú/discípulo, discípulo/gurú que perpetúa el linaje.

El vínculo es psíquico

Dice Andrei Ram: “Desde un comienzo confirmé que el aprendizaje del Yoga viene directamente de La Fuente misma, que es la Conciencia Suprema. Siempre tuve una lealtad muy grande hacia la intuición y la conciencia interior. Es la Conciencia lo que seguimos y es lo que vamos develando a través de la vida. El Yoga se me fue revelando, más que como algo nuevo, como un reencuentro con algo que mi ser ya había experimentado, practicado y estudiado”, elabora.
Con esa claridad creció. Primero, pasada la adolescencia, se nutrió de los ritos amerindios –“hay otros linajes, además del Yoga, que acercan a la misma fuente universal; la tradición indígena lo hace a través del conocimiento basado en la naturaleza”--. Luego vivió durante un tiempo en las montañas que circundan la ciudad de Bogotá, a 3000 metros sobre el nivel del mar. Ese periodo lo dedicó a la contemplación. “Mi gran llamado era siempre encontrar un lugar alejado de toda humanidad, propicio para sentarme, cerrar los ojos, y contemplar la naturaleza física desde la naturaleza interna”. Después de horas de meditación, el cuerpo sentía la necesidad de despabilarse y Andrei Ram hacía estiramientos: algo parecido a las asanas, todavía sin saber exactamente que lo eran.
Terminando la pubertad comenzó a estudiar danza. En alguna clase, una de sus profesoras integró posturas de Yoga como parte del entrenamiento. Andrei Ram inmediatamente las reconoció como familiares: las asanas le cautivaron. Algún tiempo después otros amigos practicantes lo fueron guiando en secuencias de posturas, en la respiración y la meditación yóguica. No tardó mucho en recibir su primer libro de Yoga: el recuerdo inicial de lo que su ser ya había experimentado. Siguió el estudio de esta ciencia en el libro y en una intensa práctica personal. Siete años “de oro”, que compartió con el baile. Horas enteras de pranayama, meditación y asanas.
En esa disciplinada autopráctica evolucionó en la “percepción hacia el mundo no físico” que ya tenía naturalmente desarrollada desde su niñez en Colombia. En sus meditaciones visualizó con total claridad que debía cambiar de lugar para avanzar.
Ese lugar fue Nueva York, a donde fue invitado en 2002 para presentar una coreografía de la que había sido coautor con su compañía de danza. Para esa misma época además había ganado una audición para bailar con un coreógrafo de esta ciudad. Probó a algunas clases de Yoga, y llegó a sus manos el libro Asanas: 608 Yoga poses (Asanas: 608 posturas de Yoga) de Sri Dharma Mittra, con cuya guía siguió su práctica individual durante unos meses, sin saber conscientemente que él era el yogui que en las fotos ejecutaba esas posturas increíbles. Su práctica avanzó considerablemente, su intuición se hizo más aguda, como si lo guiaran con mucha precisión.
Un día, caminando por Manhattan, se topó con un lugar que retuvo su atención, un letrero con el signo del OM muy grande, en rojo y amarillo, que destacaba en el tercer piso del edificio. Se quedó mirando las fotos y la información que se encontraba publicada en la antesala de la planta baja.

De repente todo se desvaneció.
Entró en un “estado alterado de conciencia no cotidiano”, perdió la noción de todo cuanto acontecía fuera. Sintió un fuego ardiendo en la espalda y en el centro del pecho. Se volvió para mirar y encontró a un hombre entrado en años que recogía el correo, que luego subió a una bicicleta vieja y se perdió entre los autobuses de la calle 23. Andrei regresó entonces a la conciencia cotidiana y se dio cuenta de que en las fotos que miraba en la antesala estaba la misma persona que acababa de ver en ese episodio trascendental. Esa misma tarde, al llegar a casa para reanudar su practica diaria, confirmó con gran asombro y lágrimas que aquel hombre era Sri Dharma Mittra, el mismo yogui que durante los últimos meses había guiado su práctica personal.
Andrei Garzón había reencontrado a su gurú, se había reunido con él una vez mas en esta encarnación. (Puedes leer la historia más detallada del encuentro de Andrei Ram con Sri Dharma Mittra, en inglés,aquí).
Al día siguiente de aquel episodio, fue al centro de yoga del maestro y no volvió a salir de allí por siete años: se quedó haciendo Karma Yoga (servicio desinteresado). “Reconocí una conexión muy fuerte. Lo oía hablar y reafirmaba toda las intuiciones que había estado recibiendo muy claramente desde que empecé a trabajar con su libro”.
Así que solo tres meses después, Dharma Mittra viajó y le encargó a Andrei Ram guiar las clases magistrales que él mismo guiaba, porque los tres discípulos que antecedían a Andrei dejaron el templo. “Los alumnos eran personas que tenían un nivel de asana muchísimo más avanzado que yo, pero por perfecta obediencia al maestro me entregué a la voluntad suprema y empecé a dictar las clases y a tomar con aun más seriedad el proceso”.
En 2010 dejó el templo de Dharma Mittra. Esa perfecta obediencia al gurú, canal de la voluntad divina, lo convirtió en el maestro que hoy viaja por muchos países del planeta para compartir las enseñanzas del Yoga y el linaje por el mundo, en el cumplimiento de su dharma.

VD: Te has separado físicamente de tu maestro para empezar tu camino de enseñanza.
AR: En el proceso del sanyasin (el renunciante), que es el método del linaje de Dharma Mittra, hay cuatro etapas: la primera fase es la del asceta, el aspirante que hace vida monástica, la segunda la del hombre de familia, la tercera el gurú y la cuarta la del ermitaño. Uno tiene que cumplir los deberes humanos, sociales y familiares, y solo así uno puede acceder al nivel del dharma universal que impacta al universo mismo. Siempre, cuando terminas la etapa de aprendizaje al lado del gurú, hay un momento para salir a ofrecer lo que has aprendido. Así es como entro a hacer mi propio camino de ofrecer lo que he aprendido en el linaje. El vínculo con Dharma Mittra se mantiene psíquicamente de forma constante: entre más uno ofrece y enseña, más fuerte se hace también el vínculo, la transmisión del predecesor hacia uno. Aunque Dharma sea muy reconocido como “la roca del asana”, realmente su enseñanza es espiritual y ofrecida desde el canal primariamente psíquico. El primer día de clase con él, recibí todo lo físico, pero durante mi permanencia a su lado recibí la herramienta psíquica para poderme mantener conectado al linaje. Él siempre dice: “Nunca pregunten nada sobre el Yoga, las preguntas sobre la ciencia del Yoga háganlas psíquicamente”. En este camino de comenzar a ofrecer las enseñanzas he realizado que estar lejos del maestro y fuera de la institución es la segunda etapa del Yoga, pero ese vínculo psíquico permanece.
Solo hasta cuando el Yoga llegó a Occidente comenzaron a perdurar los nombres de los maestros como “marca” y se crearon “estilos” de Yoga con esas “marcas”. Antes nunca, en la tradición no se hace eso. Uno no veía términos como Krishnamacharya Yoga o Babaji Yoga. Ellos estuvieron en su ciclo de vida humana y pasaron la tradición; uno sigue el yoga del predecesor. Ahora en Occidente se ha llegado hasta el punto de inventar términos como Yoga Flow, Power Yoga. Yo lo que enseño es lo que he aprendido de mi maestro, pero la gente lo recibe directamente de mí; igual Dharma enseña lo que le enseñó Swami Kailashananda, pero hay esa regeneración, porque, como Dharma mismo dice, todo necesita ser actualizado. Entonces en la Ciencia del Yoga, hay que mantenerse transmitiendo la tradición, los principios y no la propia interpretación de estos. Al mismo tiempo, teniendo en cuenta que, como el karma -la experiencia- de cada transmisor es específico, entonces también lo es su manifestación.

Pero los principios nunca cambian.
El Yoga, y ser yogui, es solo una preparación para la autorrealización suprema del Ser, que solo se desarrolla directamente en el dharma. Los Yoga Sutra te preparan para ser yogui y el ser yogui te prepara para mas adelante poder ser una real manifestación física de la Conciencia Suprema, que es lo que el Bhagavad Guita explica: el camino después del yogui. A la larga no se trata de ser yogui sino de estar listo para enfrentar la vida y para el karma como herramienta de purificación. Así es como el karma se transforma en un consciente y constante servicio a la vida, y se vuelve dharma: el dharma como medio de liberación. El Yoga como técnica es una preparación, pero el real Yoga se hace en la vida misma, a partir de vivir en el dharma. El Yoga se comparte, no se enseña; por ello la única manera de trasmitirlo es con tu ejemplo de vida y no con oratoria. El Yoga es una práctica, se “enseña y aprende” desde la práctica misma, desde el ejemplo; uno no puede enseñar de lo que uno no ha asimilado. La mayoría de las veces esto no se hace desde la labor del yogui, sino desde cualquier labor humana donde el espíritu yogui funciona como vehículo de liberación más que de iluminación, que es un vehículo pero no es el fin mismo.
Estoy en ese proceso de vivir en el dharma, que es el fin de la enseñanza misma del Yoga. En el linaje de Ram -Rama- que es estando en el mundo, y desde allí mismo integrando lo espiritual y lo físico.

In { General, Andrei Ram Om, } comments{ 1 } author: Yogasfera
08 Apr
2014

Necesitaba leer algo así. Me lo pedía el cuerpo y la mente y quiero pensar que mi espíritu. Gracias.

author comment:Carme García
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